viernes, 14 de agosto de 2015

Terror gourmet (VII): 'Vertige' (2009)


Hasta el momento única incursión de Abel Ferry -curtido en ‘Las noticias del guiñol’ francesas- en el campo del largometraje, Vertige (2009) mantiene la dinámica vista en muchas de las películas de terror estrenadas en los últimos tiempos y en las cuales un grupo de jóvenes se dispone a salir de viaje o excursión para luego verse sorprendidos por algún tipo de amenaza exterior. A este respecto, la cinta se compone de dos segmentos perfectamente diferenciados: la primera mitad nos presenta a los cuatro protagonistas de la historia y nos muestra su particular expedición por las montañas del Parque Nacional de Risnjak (Croacia), durante la cual experimentan todo tipo de contratiempos logísticos, personales y grupales; la segunda mitad, por su parte, está centrada en cómo estos mismos personajes son asediados por un misterioso cazador del que no eran conscientes hasta ese momento. Una de las principales influencias del film es The descent (2005), aquella obra magna de la claustrofobia dirigida por Neil Marshall en la que seis amigas emprendían una expedición de espeleología que acababa convertida en una auténtica pesadilla subterránea; en Vertige (2009) los personajes se mueven en dirección contraria -hacia arriba y no hacia abajo-, pero las similitudes son constantes a lo largo del metraje: la foto grupal del principio, el trauma recurrente de uno de los personajes, el momento en que se descubre que uno de los principales obstáculos de los protagonistas había sido previsto ya de antemano por uno de ellos…

Durante sus primeros treinta minutos, el film de Ferry se sirve de la espectacularidad que rodea al mundo de la escalada de montaña para mantener enganchado al espectador: los preciosos paisajes croatas que sirven como escenario principal de la historia, las clásicas escenas en que se describen los entresijos técnicos de este deporte, las siempre fascinantes cuerdas y aparejos que rodean a los escaladores en su ascenso; etc. Como es natural, Vertige (2009) no se limita a mostrar estos aspectos y se aleja del estilo documental introduciendo todo tipo de dificultades en el camino de los protagonistas: uno de los personajes no hace más que recordar una situación traumática de la que intenta olvidarse y otro sufre de vértigo -la histriónica interpretación del actor puede hacer pensar en la sobreactuación, pero quien haya experimentado algo parecido a una fobia sabrá que el resultado es bastante realista-; el regreso de un exnovio provoca un triángulo amoroso lleno de celos y roces que pone en peligro la expedición en numerosos momentos; y conforme avanza la escalada los protagonistas deben hacer frente a un tramo sin cuerdas o a un puente que no aguanta muy bien las sobrecargas. Sin embargo, la atropellada presentación de los personajes, la nula tridimensionalidad de los mismos, el más que cuestionable carisma de algunos de los miembros del reparto y un tratamiento cinematográfico que se acerca peligrosamente al cine amateur, quedan a años de luz de la mencionada The descent (2005) o del tramo introductorio de otra película de corte muy similar a la que ahora comentamos, A Lonely Place to Die (2011).   

Vertige (2009)


La secuencia más inspirada de Vertige (2009) es quizás aquella en la que el género de terror y el maquillaje sangriento hacen su primera aparición: durante la misma, varios personajes intentan zafarse de una caída mortal desde una de las paredes de la montaña, mientras otro se enfrenta a una de las trampas del enigmático antagonista, cuyo rostro no conoceremos hasta el último tramo del metraje. A partir de ese momento, la historia abandona los toques de aventura y se centra en las penurias del grupo protagonista en su afán por salir vivos de la montaña y por averiguar el paradero de aquellos que van siendo neutralizados; el planteamiento estético de la cinta también es radicalmente distinto en esta segunda mitad del metraje, dado que los soleados paisajes dejan paso a una gran cantidad de escenas nocturnas y/o rodadas en interiores. El resultado final es entretenido y contiene algunos enfrentamientos físicos meritorios, además de beneficiarse de una banda sonora funcional pero resultona a cargo de Jean-Pierre Taieb -Frontierè(s) (2007) o The Divide (2011)-, pero está desprovisto de sorpresas para los aficionados al género; la película parece esforzarse, eso sí, por confundir al espectador en lo que se refiere a su identificación con los personajes, los cuales van alternando conductas egoístas y heroicas cada pocos minutos, y se van turnando el estatus de ‘protagonista’. En cualquier caso, la poca entidad de estos últimos, la permanente sensación de déjà vu y una más que evidente falta de estilo juegan en contra de Vertige (2009) y la convierten en una propuesta de escaso recorrido en la memoria cinéfila.

viernes, 7 de agosto de 2015

Terror gourmet (VI): 'Peur(s) du noir' (2007)


Peur(s) du noir (2007) -‘Miedo(s) de la oscuridad’- está dirigida por un grupo de reputados dibujantes, ilustradores y artistas gráficos procedentes de distintos países y hasta entonces sin demasiada relación con el mundo cinematográfico. El film está compuesto por varias historias animadas en blanco y negro, cada una de ellas con un sello estético muy particular: una de ellas imita el dibujo en carboncillo, otra parece un cómic en movimiento y hay incluso un segmento en el que solo se nos muestran formas geométricas. A pesar de que no tienen un nexo argumental común, todas comparten el ‘miedo’ como eje temático y a lo largo de ellas se abordan aspectos como el terror a la oscuridad o a lo desconocido, el mundo de las pesadillas, la naturaleza de nuestras fobias, las consecuencias de la violencia o los recuerdos de juventud. Recibida positivamente por la crítica en el momento de su estreno -aunque desde ciertos sectores se le achacó ser no tanto una propuesta terrorífica para todo tipo de público, como una exhibición de talento artístico destinada a una audiencia muy minoritaria-, Peur(s) du noir (2007) contiene dos segmentos que, sin servir en última instancia como hilo conductor, sí que profundizan en la temática central del film y se desarrollan entre cada uno de los cortometrajes: a lo largo de la película somos testigos de cómo los cuatro perros de caza -uno por cada historia- de un sádico marqués del siglo XVIII atacan salvajemente a diversos individuos; y también escuchamos por trozos el monólogo de una mujer que habla sobre sus fobias cotidianas, desde su miedo a ser inútil para la sociedad hasta su preocupación por las circunstancias de su futura muerte -siendo éste precisamente el segmento acompañado por todo tipo de formas geométricas.

En cuanto a las historias principales, la primera de ellas está protagonizada por Eric, un chico tímido obsesionado con los insectos que, durante su época universitaria, conoce a la primera mujer de su vida, Laura, quien comenzará siendo la mujer de sus sueños pero acabará convirtiéndose en una presencia autoritaria y posesiva: ¿tendrá algo que ver con aquel insecto que se escapó de un bote de cristal cuando era pequeño y con los ruidos que, desde entonces, Eric ha escuchado detrás del cabecero de su cama? Narrado a través de la animación 3D y utilizando sabiamente los planos secuencia, el cortometraje de Charles Burns juega no solo con el miedo a los insectos o a la invasión de nuestro propio cuerpo, sino también con las ansiedades típicas que sobrevuelan casi cualquier relación de pareja: la dependencia, los celos, el tener o no tener hijos, etc. La segunda historia, por su parte, está ambientada en Japón y narra la historia de Sumako, una niña hospitalizada y forzada a soñar mediante la inyección de una misteriosa sustancia: se ve a sí misma yendo a un colegio donde es maltratada por sus compañeros y donde conoce la leyenda maldita de un samurái; ¿pero son solo pesadillas o tienen mucho que ver con un asesinato relacionado con la familia de Sumako? Utilizando la animación en ‘flash’ -tan de moda en los últimos tiempos gracias a los juegos online-, el cortometraje de Marie Caillou es el más imaginativo y demencial de todo el conjunto, ofreciendo al espectador un buen puñado de momentos chocantes y enfermizos, dignos de cualquier pesadilla. La tercera historia es quizás la más decepcionante de todas: centrado en los misteriosos acontecimientos ocurridos durante un verano de juventud -y seguramente inspirado en los paisajes urbanos del pintor italiano Giorgio de Chirico-, el cortometraje de Lorenzo Mattotti se limita a crear una atmósfera bella pero inquietante.

Peur(s) du noir (2007)

La última historia, a cargo de Richard McGuire -parte del departamento artístico de la aclamada Up (2009)-, es la ‘joya de la corona’ y de hecho una de sus imágenes fue parte indispensable del material publicitario de la película. Creado a partir de dibujos a mano y técnicas 3D, el cortometraje carece por completo de diálogos pero está repleto de efectos de sonido, los cuales ayudan a reforzar una clásica historia de fantasmas y casas encantadas que encuentra su mejor arma en el magistral uso del blanco y negro: un hombre fornido, calvo y con bigote -todo lo contrario al protagonista arquetípico de este tipo de historias, al menos en el séptimo arte- entra en una casa para refugiarse de una tormenta de nieve, pero lo que parece una simple casa abandonada se convierte con el paso de los minutos en un entorno de pesadilla y habitado por una enigmática presencia femenina. Es también el segmento más emparentado con el clásico relato de terror gótico: el visitante se dedica a investigar por los rincones de la siniestra vivienda; descansa junto al fuego del hogar mientras degusta un vaso de vino y ojea un álbum de fotos antiguas; sueña que alguien le ataca por detrás del sillón donde está durmiendo -como si se tratara del cuento de Cortázar ‘Continuidad de los parques’-; etc. Solo ya por el planteamiento estético de este cortometraje merece la pena acercarse a Peur(s) du noir (2007), cuyo punto álgido son precisamente las escenas en que el protagonista de esta última historia ilumina los rincones de la casa con la tímida luz de una vela: el negro se apodera entonces de la pantalla y los espectadores se ven forzados a imaginar lo que sucede en pantalla ayudados solo por unas pocas líneas o formas de color blanco.

viernes, 31 de julio de 2015

Terror gourmet (V): 'Necronomicon' (1993)


De entre todas las producciones audiovisuales que en las últimas décadas han tomado como punto de partida la obra literaria de H. P. Lovecraft, esta cinta es seguramente una de las más desconocidas por parte del gran público, quedando en su momento relegada su exhibición en muchos países al formato doméstico o a los correspondientes festivales de cine fantástico. Dividida en tres segmentos independientes pero interrelacionados por una trama secundaria protagonizada por el propio escritor de Providence, Necronomicon (1993) tiene entre sus filas a tres directores muy diferentes: el francés Christophe Gans es el responsable de la primera historia, cuyos únicos nexos de unión con la literatura lovecraftiana son el apellido de un personaje -el protagonista del relato Las ratas en las paredes- y la aparición de criaturas procedentes de los Mitos de Cthulhu; el segundo segmento -basado en Aire frío- corre a cargo del japonés Shusuke Kaneko, futuro director de la trilogía iniciada por Gamera: El guardián del universo (1995); por su parte, el último segmento -inspirado en El que susurraba en la oscuridad- y la historia que sirve como hilo conductor corresponden a Brian Yuzna, figura clave en muchas adaptaciones cinematográficas de la obra de Lovecraft, habiendo figurado su nombre hasta el día de hoy, como productor o director, en películas como Re-Animator (1985), Re-sonator (1986), La novia de Re-Animator (1989) o Beyond Re-Animator (2003). 

‘The Cold’, el segmento dirigido por Shusuke Kaneko, tiene el lujo de contar en su reparto con David Warner, un habitual del género fantástico -Los héroes del tiempo (1981), En compañía de lobos (1984), Waxwork: museo de cera (1988), En la boca del miedo (1995)- cuya mera intervención y portentosa voz suman puntos a una historia sobre un científico dispuesto a alargar su vida por todos los medios, aunque entre ellos se incluya el asesinato; el ‘cortometraje’ contiene ciertos hallazgos visuales -unas gafas reflejadas en un vaso de café, un charco de sangre que actúa como espejo, etc.-, un final efectista pero efectivo y un prudente equilibrio entre los efectos prácticos y digitales, pero ha acabado siendo célebre por un detalle más bien anecdótico: el compositor de la banda sonora de este segmento, Daniel Licht, participaría años después en la serie de televisión Dexter (2006-2013), y aquí puede escucharse ya una versión preliminar de la conocida pieza ‘Blood Theme’, que suena durante los créditos finales de la conocida producción de Showtime. En cuanto a ‘Whispers’, el segmento de Brian Yuzna brinda los momentos  más desvergonzados, explícitos y gore de todo el conjunto, y resulta curiosa la aparición de rasgos temáticos y estéticos similares a las del videojuego Silent Hill, lanzado seis años después: una agente de policía armada con una linterna, restos de sangre y pasillos oscuros, monstruos a los que disparar… Por lo que se refiere a ‘The Library’, la historia protagonizada por H. P. Lovecraft que conecta los tres segmentos, es conocida sobre todo por la risible y postiza barbilla usada por Jeffrey Combs -célebre por sus colaboraciones con Yuzna- para dar vida al escritor.

Necronomicon (1993)

El segmento que abre la cinta es ‘The Drowned’ y está dirigido  por el único realizador galo adscrito al proyecto, Christophe Gans, quien años más tarde conocería el éxito con las cintas de acción y/o terror Crying Freeman (1995), El pacto de los lobos (2001) y Silent Hill (2006). En esta ocasión, Gans -para quien esta película suponía su debut en la dirección, después del cortometraje de corte fantástico Silver Slime (1981)- se vale del travelling, los planos cortos y en primera persona, un breve flashback en blanco y negro, una meritoria banda sonora de Joseph LoDuca -colaborador frecuente de Sam Raimi- y un clímax final en el que se dan cita efectos prácticos y digitales, para dotar de atmósfera a una historia cuya mejor baza termina siendo la lúgubre mansión en que transcurre casi todo el cortometraje, de varios pisos y con una hermosa cristalera en su techo; en cuanto a su reparto, Richard Lynch aporta veteranía y Bruce Payne cierto carisma a un 'cortometraje' entretenido pero que, como el resto de la película, no logra nunca quitarse de encima cierto aroma a producción televisiva -y que además poco tiene que ver con la mayormente sutil y enigmática prosa lovecraftiana-. Quizás lo más destacable sea el hecho de que Necronomicon (1993) supuso la primera colaboración de Christophe Gans con Samuel Hadida y Davis-Films, productor y compañía de producción -respectivamente- de sus tres siguientes incursiones en el largometraje. 

viernes, 24 de julio de 2015

Terror gourmet (IV): 'Litan' (1982)


Litan (1982) -acompañada habitualmente por el subtítulo ‘La ciudad de los espectros verdes’- empieza como una pesadilla de la protagonista y no abandona dicha sensación hasta su última escena. Durante los primeros dos minutos de metraje, presenciamos de primera mano un sueño de Nora en el que se dan cita una banda de música con máscaras plateadas, un equilibrista subido a una moto y cayendo desde varios metros de altura, una pareja de bailarines disfrazados de ancianos, una especie de jaula con pinchos en su parte exterior, varios féretros navegando por el río, su novio Jock asestando golpes y cayendo ensangrentado al suelo…; imágenes dantescas que, en su inmensa mayoría, irán haciéndose realidad a lo largo de la película, confirmando la teoría de la protagonista acerca de su naturaleza premonitoria. Pero como decíamos, aunque la historia tenga una estructura más o menos clásica, todo el film está recorrido por un aura onírica que desconcierta continuamente al espectador: Nora acude a visitar a su novio para explicarle su sueño, ambos se ven envueltos en la hospitalización de un chico que ha aparecido ahogado en las cuevas y terminan huyendo del pueblo perseguidos por las fuerzas de la ley debido a un malentendido e intentando escapar de la locura colectiva que se ha ido adueñando de Litan; sin embargo, todo este desarrollo de los acontecimientos se ve acompañado por detalles propios de un sueño: los protagonistas pierden continuamente a sus acompañantes, un extraño mensaje sobre una ‘cita en el cementerio’ se repite en todos los teléfonos, los habitantes del pueblo parecen observar impávidos la surrealista escalada de sucesos, se producen situaciones extrañas en los lugares más inesperados, la banda toca continuamente la melodía que sonaba en la pesadilla de Nora, los personajes recorren distancias imposibles, etc.

Rodada con la colaboración de los habitantes de la villa gala de Annonay y ganadora del Clavel Medalla de Plata al mejor guión en la 15ª edición del Festival de Cine Fantástico de Cataluña (Sitges) o del Premio de la Crítica en el Festival de Avoriaz, Litan (1982) está dirigida por Jean-Pierre Mocky, un realizador francés conocido por la anárquica mezcla de géneros -comedia, drama, thriller- que caracteriza casi todos los títulos de su abultada filmografía, así como por participar también en casi todos ellos como editor, actor y/o escritor; sin embargo, en ninguna otra de sus películas se ha acercado tanto como en Litan (1982) al cine fantástico, siendo muy relevante en este sentido el hecho de que la cinta tenga entre sus guionistas a Suzy y Scott Baker, este último un escritor estadounidense afincado durante varias décadas en París y especializado en los géneros de ciencia-ficción, terror y fantasía, además de poseedor de un título universitario en Ficción Especulativa... Durante el visionado del film, es casi imposible no pensar en otras cintas de corte similar como El hombre de mimbre (1973) -esos habitantes cuyos actos parecen ser el reflejo de algo mucho más siniestro- o sobre todo en Amenaza en la sombra (1973) -las premoniciones, el omnipresente color rojo, la atmósfera nebulosa, la dinámica de la pareja protagonista-, pero en última instancia Litan (1982) se erige como un largometraje profundamente original y con unas señas de identidad propias, respaldadas por una espléndida labor fotográfica a cargo de Edmond Richard -El proceso (1962), Ese oscuro objeto del deseo (1977)-, una labor de edición que distribuye sabiamente el uso de la cámara lenta y una ecléctica banda sonora en la que se dan cita piezas orquestales, operísticas o incluso cercanas al rock progresivo tan habitual en los largometrajes del italiano Dario Argento.

Litan (1982)

Como sucede en muchas ocasiones dentro de los márgenes del cine fantástico, calificar al film de Jean-Pierre Mocky como una ‘película de terror’ puede parecer una decisión algo arriesgada, sobre todo de cara a aquellos espectadores que en base a dicha etiqueta esperen encontrar en ella asesinatos -que los hay-, monstruos, sustos y/o demás momentos pavorosos generalmente asociados al género. Pero no es menos cierto que, a lo largo de sus ochenta minutos de metraje, Litan (1982) consigue algo bastante difícil: trasladar al mundo del séptimo arte los mecanismos de nuestras peores pesadillas, aquellas en las que no estamos tan aterrorizados como desorientados o desamparados; y además ofrece un sinfín de momentos a un tiempo sugerentes y enfermizos: un conductor de autobuses sube a su vehículo casi en trance y comete un atropello; un grupo de niños persigue a otro disfrazado de monstruo; una mano ensangrentada o manchada de frutos rojos asoma por encima de una roca; en el hospital, un hombre parece estar dando de comer trozos de carne humana a unos perros enjaulados; un grupo de pacientes del ala de Psiquiatría parece campar a sus anchas por el pueblo; las cruces del cementerio quedan desparramadas tras una fuerte explosión; tres personas disfrazadas con máscaras de cerdo asaltan a un carnicero sin que nadie haga nada por evitarlo… Adornada por conversaciones sobre el sentido de la vida y explicaciones a fenómenos psicológicos tan cautivadores como el déjà vu -uno de los mejores momentos del film-, Litan (1982) acaba dejando al espectador con muchas más preguntas que respuestas y se inscribe con letras mayúsculas entre las más grandes muestras del llamado cine onírico.  

viernes, 17 de julio de 2015

Blockbusters veraniegos (III)














El miércoles de la semana pasada me acerqué, por fin, a ver Jurassic World (2015) en pantalla grande, y redondeé la experiencia acudiendo a los entrañables Cines Terraza de Aguadulce, de los que hablé en esta misma columna hace unas semanas; poco había cambiado: colas infinitas, bolsas con cojines, butacas a rebosar, la ‘posibilidad’ de  escuchar el sonido del film que se proyecta en la sala de al lado… Antes –creo– no le daba demasiada importancia a este último aspecto, pero lo cierto es que en esta ocasión me sacó varias veces de la película –la ‘intrusa’ en cuestión era Espías (2015)–, ya que, entre otras cosas, casi ni se escuchaba la banda sonora del lostiano Michael Giacchino.
¿Y la película? Personalmente, y siempre desde mi más humilde opinión, no me pareció ni una obra maestra del blockbuster ni tampoco un despojo cinematográfico: los dos extremos en los que se han movido buena parte de las opiniones del público, el cual ha acudido en masa a los cines y la ha encumbrado al quinto puesto de los producciones más taquilleros de la historia –y sigue subiendo–. En cuanto a la crítica especializada, tampoco es que haya caído absolutamente rendida a sus pies, pero la mayoría del sector le ha otorgado el aprobado: no hay más que ver su puntuación en la web Rottentomatoes –a día de hoy cuenta con un meritorio 71% de críticas positivas– para comprobarlo. 

Jurassic World (2015)

Las comparaciones son odiosas, pero en este caso son casi inevitables. Trevorrow no es Spielberg; ni Irrfan Khan es Richard Attenborough; ni Chris Pratt –que me ha caído siempre muy simpático, sobre todo en la serie Parks and Recreation– es Sam Neill, Jeff Goldbum o Bob Peck –el mítico cazador de la primera entrega de la saga–; ni Vincent D’Onofrio es Wayne Knight –el ‘Newman’ de Seinfeld–; etc. Jurassic World (2015) resulta entretenida –faltaría más–, pero me resulta complicado pensar que las niñas y niños de hoy vayan a guardar tan buen recuerdo de ella como muchos de nuestra generación lo guardamos de Jurassic Park (1993); y no hablo desde la ‘nostalgia’… 

Claro que Jurassic World (2015) es sin duda una auténtica maravilla del séptimo arte en comparación con la película que pude ver en segunda sesión –una de las mayores ventajas de ‘Las Terrazas’–: Poltergeist (2015). Era consciente de las malas críticas que ha recibido, pero el terror es mi género cinematográfico favorito y, además, no hubo tiempo para ver Tomorrowland (2015), de modo que no parecía tan mala opción: craso error. El remake dirigido por Gil Kenan es un chapucero sacacuartos que me hizo echar mucho de menos la trilogía original. PD.: feliz verano de cine y nos vemos a la vuelta…

Poltergeist (2015)

Publicado en La Voz de Almería (16-7-2015) 

sábado, 4 de julio de 2015

Vecinos, galletas y sardinas


El tiempo no pasa en balde y la edad, los accidentes o las enfermedades no perdonan: es algo asumido por –casi– todos y todas, pero aún así, nunca nos acostumbramos a despedirnos de nuestros seres queridos; ni de aquellas personas que, aun no habiendo formado parte de nuestros círculos sociales, sí que han sido un elemento fundamental de nuestras vidas y de nuestra educación cinéfila –por atenernos al ámbito temático de esta columna–. En las últimas semanas nos han dejado personalidades como Christopher Lee, James Horner o Patrick Macnee; en mi caso, la muerte que más recuerdos me ha despertado ha sido la de Rick Ducommun: quizás no tan conocido, pero coprotagonista de una de mis películas favoritas de todos los tiempos: No matarás… al vecino (1989).
Encabezada por un carismático Tom Hanks, que ese mismo año también estrenaba Socios y sabuesos (1989) –una de esas cintas ochenteras que no puedo dejar de ver cada vez que las pillo por televisión–, No matarás… al vecino (1989) fue dirigida por el gran Joe Dante –Gremlins (1984)– y contaba con un divertidísimo guión, escrito por la no demasiado prolífica Dana Olsen –responsable de títulos como Memorias de un hombre invisible (1991) o George de la jungla (1997)–. ¿Su argumento? Los vecinos de un pequeño barrio de los afueras, algo aburridos, empiezan a obsesionarse con la idea de que la familia Klopek, recién llegada al vecindario, pueda estar formada por asesinos…

Póster original de No matarás... al vecino (1989)

El reparto del film, que mezcla a la perfección los géneros de la comedia y el terror, es de lo que hacen salivar a cualquier mitómano aficionado al cine de los ochenta: aparte de Hanks, a lo largo del metraje podemos disfrutar de las interpretaciones de Carrie Fisher –la mujer del protagonista–, Corey Feldman –el vecino adolescente–, Bruce Dern –el vecino patriota–, Henry Gibson –el patriarca de la familia Klopek–, Dick Miller y Robert Picardo –intérpretes fetiche de Dante y aquí basureros– o el ya mencionado Rick Ducommun –el vecino pesado–. Nacido en Canadá en 1952 y curtido en el mundo de los monólogos, el actor firmó aquí, sin lugar a dudas, el papel más mítico de su carrera.

Ducommun protagoniza, de hecho, algunos de los mejores gags cómicos del film, pero es a Tom Hanks a quien pertenece el momento estelar de la función: a día de hoy, cada vez que revisito No matarás… al vecino (1989) –lo cual ocurre al menos una vez al año–, todavía sigo riéndome como un adolescente cada vez que su personaje, agobiado por las circunstancias, se ve forzado a introducir en su boca una galleta seca y una asquerosa sardina, bajo la atenta mirada de sus vecinos... Ya va tocando verla otra vez.       

Rick Ducommun y Tom Hanks en No matarás... al vecino (1989)

Publicado en La Voz de Almería (3-7-2015)

sábado, 27 de junio de 2015

Terror gourmet (III): 'J’accuse' (1938)


A principios del siglo XX, Abel Gance estrenaba J’accuse (1919), un film protagonizado por dos soldados de la I Guerra Mundial enamorados de la misma mujer y cuya secuencia final se inscribía dentro del género fantástico, al mostrar la aparición de un ejército de soldados muertos en combate; durante su rodaje, el director galo contó con la participación de militares profesionales y filmó imágenes reales en el mismo campo de batalla. Años después, y poco antes de que comiencen los preparativos para la II Guerra Mundial, Gance llega a la conclusión de que el mensaje de aquella película sigue más vigente que nunca y decide rodar una nueva versión de su propia historia, aunque en esta ocasión la acción comenzará directamente en el campo de batalla, se eliminarán y añadirán varias sub-tramas, y se cambiará el guión para que haga referencia explícita al nuevo conflicto internacional. De esta forma, a principios de 1938 llega a las pantallas J’accuse (1938), una mezcla de metáfora antibelicista, melodrama romántico inter-generacional y relato fantástico-sobrenatural. 

Los primeros cuarenta y cinco minutos del film transcurren casi en su integridad en el interior de un campamento militar francés situado en el distrito de Verdún, durante las horas previas a que se dé por terminada la I Guerra Mundial -mediante el Armisticio del 11 de noviembre de 1918-. Las primeras imágenes no pueden ser más demoledoras: un pájaro muerto, una estatua religiosa desplomada, ruidos de cañones, animales muertos flotando en el agua, edificios destruidos, cadáveres humanos volando por los aires, rostros de soldados patidifusos, explosiones, un militar gritando al ejército enemigo: “maldita sea, ¿no estás cansado de jugar al tenis con mi esqueleto?”… Poco después conocemos al protagonista de la historia, Jean Diaz, un soldado conocido entre sus compañeros por ser el único que vuelve siempre ileso del campo de batalla; en su mismo regimiento está también François Laurin, con cuya mujer mantiene una relación amorosa: “el que sobreviva tendrá el derecho de irse con ella”, llega a decirle un soldado a otro mientras contemplan la tensa relación entre los dos hombres. Este tramo bélico inicial, que termina con el momento en que Jean promete a François no volver a experimentar jamás sentimiento alguno hacia su esposa Edith, está lleno de escenas para el recuerdo: una mujer entretiene a los soldados entonando una canción cuyo ritmo van marcando los disparos de los cañones -algo que es acentuado a través del montaje-; Jean coge de la mano a un compañero aterrorizado por la situación, poco antes de prometer a sus camaradas que nunca habrá otra Guerra como aquella; las imágenes victoriosas posteriores al Día del Armisticio son intercaladas con otras en las que se nos muestran cementerios gigantescos, trincheras desoladas y militares hundiéndose en el fango; etc.

 J’accuse (1938)

El tramo intermedio de J’accuse (1938) aborda la vida de Jean Diaz como civil una vez terminada la guerra y a lo largo de casi dos décadas: el protagonista mantiene varios triángulos amorosos en los que confluyen Edith y la hija de esta última; se refugia durante años en un taller donde comienza unas investigaciones científicas destinadas -según sus propias palabras- a ‘prevenir otra guerra’; y parece ir perdiendo gradualmente su cordura conforme el recuerdo de los compañeros caídos en combate se va haciendo más insoportable. Comienzan a aparecer también los primeros detalles de carácter fantástico, referidos en particular a la obsesión del protagonista con un cementerio, en el cual están enterrados los miembros de la última patrulla junto a la que luchó en combate: Jean asegura escuchar las voces de sus antiguos camaradas y descubre que la mujer que cantaba para los soldados durante la contienda también experimenta dicha sensación. Asimismo, durante este segmento del film presenciamos el momento más genuinamente ‘terrorífico’ de todo el metraje, cuando durante una noche de tormenta el protagonista se aparece a su nueva amiga con el pelo blanco y el rostro petrificado: un gato negro camina en la oscuridad, las ventanas no dejan de dar golpes contra las paredes y mientras Jean cuenta lo que acaba presenciar -algo que nunca llega a quedar del todo claro- los rayos iluminan intermitentemente sus ojos y al fondo podemos ver las cruces que adornan las tumbas de los militares… Pero en última instancia, esta segunda parte de J’accuse (1938) es sobre todo una ocasión para la exhibición actoral de Victor Francen, quien en su papel de Jean Diaz pronuncia varios monólogos de alta carga dramática, destacando especialmente aquel que da nombre al film -y el cual resume a la perfección el mensaje que Gance dirigía a los espectadores:

“Acuso a la guerra de ayer de haber creado la Europa actual y acuso a la guerra de mañana de preparar la destrucción de Europa. Acuso a la humanidad de no haber aprendido ninguna lección de la última catástrofe, y de esperar la siguiente guerra con los brazos cruzados. Acuso a los despreocupados, a los cortos de miras, a los egoístas, de haber permitido que Europa se divida, a pesar de la sangre derramada en vano. Y acuso a los hombres de hoy, no solo de no haber entendido, sino de haberse reído cuando alguien como yo les recordaba la más bella expresión sobre la tierra: amarse los unos a los otros. Y acuso a los mismos hombres de no haber escuchado las voces de los millones que murieron en la guerra y que os han gritado durante veinte años. ¡Deteneos! ¡Estáis tomando el mismo terrible camino!”

 J’accuse (1938)

Por su parte, los últimos veinte minutos de J’accuse (1938) son los que mejor justifican la inclusión de esta película en la presente antología. Cuando es consciente de que un nuevo conflicto internacional está en marcha, Jean Diaz recurre al último recurso que le queda para guardar la promesa que hizo a sus compañeros de regimiento: invocar a los caídos en combate durante la I Guerra Mundial; aunque no sepamos con claridad si es para advertir a la humanidad sobre los peligros que acarrea una contienda de esas características o para castigarla por haber llegado a la misma situación que años atrás. Es entonces cuando presenciamos la secuencia más famosa de todo el film, quizás con algunos problemas de montaje -no queda claro el alcance del fenómeno o dónde están situados los grupos humanos que de él participan- pero no por ello menos impactante: las flores se marchitan, los animales huyen asustados, empieza a oler a sulfuro y los cristales de las ventanas se rompen; las tumbas de los cementerios militares se desvanecen y millones de soldados de todos los países que se vieron inmersos en la Gran Guerra se abren paso a través de aire, mar y tierra, convertidos en presencias fantasmales y buscando su tierra natal; algunos de ellos están desfigurados, otros mutilados y los hay que sólo tienen una calavera por rostro; las estatuas erigidas en honor a los soldados caídos también cobran vida y se unen a la espectral comitiva… Pese a todo, lo más escalofriante de J’accuse (1938) son las palabras escritas con las que se abre la cinta, absolutamente premonitorias y plenamente válidas a día de hoy:

“Esta película está dedicada a los muertos de las guerras del mañana, que sin duda al verla reconocerán en ella el rostro de su propio tiempo. Abel Gance”